Detrás de la cortina de negra oscuridad, podía escuchar unos
brillantes chasquidos que provenían del exterior.
Christopher ya estaba temblando, no sabía que más esperar.
¿Ya eran las ocho de la mañana? Ya no iban a quedar más ideas de él, por mucho
que después intentara recobrarlas. Iba a ser un descerebrado, un hombre sin
vida, solo con cuerpo.
Y entonces, abrieron la compuerta de la oscura habitación,
de forma que cada milímetro que recorría la puerta, era como un enjambre de
cascabeles.
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