Hurón miraba ansiosamente entre los vidrios del cristal. No
paraba de dar vueltas por el pequeño habitáculo. Es un hombre esbelto, con unas
marcadas ojeras, remarcadas con lo que parecía una especie de maquillaje hecho
con ceniza negra. Tiene el cabello cortado a trompicones, y las costillas se
notaban por los agujeros de su camiseta de tirantes. Miró a los demás, y no
dudó en armar sus palabras en sonidos:
-Vosotros haréis lo que queráis, pero no voy a quedarme
haciendo el gilipollas con tizas mientras Luzy está atrapado en ese agujero de
polis con aires de autoridad y orden. Yo voy a buscarlo.
Los demás miraron a Hurón de forma extraña (él nunca
hablaba; es decir, si, hacia ruidos, como diciendo “si”, o “no”, pero nunca
pronunciaba palabras) y se quedaron boca-abiertos. Una muchacha de aire rebelde
e infantil, se levantó de la mesa:
-Yo también voy… no podemos dejar perder su mente, ni su
cuerpo. Vamos para allá.
-Pero… Si no tenemos un plan…- sugirió un enorme hombre.
Entonces Hurón lanzó una mirada hacia ese hombre que sugirió
su muerte desde más allá de un agonizante final.
El hombre bajó la cabeza… y respiró hondo.
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