viernes, 21 de diciembre de 2012

AMISTADES


Christopher descansaba encima de uno de los antiguos artefactos que tanto le fascinaron. Aprendió muy rápido su idioma de repiqueteos, vapor y sonidos electrónicos. Y contaban historias fascinantes de todas sus vivencias.
-30 p, ¿recuerdas cuando se me acabó el lubricante por primera vez, y no paraba de rechinar? No sabía que me pasaba, aunque mi sistema de lógica de autoreparación debería haber funcionado.
-Pues claro, 50 k, fue un día espléndido. Uno de esos días que hay esa humedad especial, que hace chispas en los circuitos. En ese momento servíamos como reponedores del almacén de metamaterias. Sin duda, un tiempo memorable. Excepto cuando 25 i recalentaba su sistema.
-No te quejes, 50 k, era un trabajo para el que no estaba especializado. Y ya sabes, que soy 250 i, no 25 i. No pertenecemos al mismo modelo.
-Tienes razón. Aunque ese tiempo era muy bueno. Siempre estábamos con nuestros recursos al 100%, sin modo de economía de energía.
-Y ahora nos abandonan como si fuéramos una lata de bebida carbonatada. No es que me sienta mal por ello, nuestras funciones no son tan eficaces como antes, y han diseñado nuevos modelos mejores que nosotros. Pero no acabo de entender. Podrían habernos reencarnado en otro modelo.
-Calla 30 p, nosotros no pertenecemos a nuestra voluntad. Nuestra mente realmente no es real, es un sistema de asociaciones entrenada para pensar como un ser vivo inteligente, pero no somos nada de eso.
-¿Entonces, 25 i, que somos?
-50, solo somos, es suficiente. Deja de voltear tu procesador. Nuestros recursos acabarán. Y nosotros terminaremos.

SECUESTRADA


-Ni te mu… mu… ¡muevas!- dijo histéricamente una voz infantil- Estás atada… y eres mi rehén.
Violet recordó su nombre, y olvidaba su tiempo como infantería. La obligaron a trabajar como soldado especializada en exterminio. El pequeño niño secuestrador, tenía el cuchillo que reventó el microchip. Él no contaba con que esos soldados tenían una armadura especial que aumentaba su fuerza gracias a un modelo antiguo de armadura, mejorado por los científicos de ahora. Y ella, con un pequeño movimiento, desintegró la cuerda por la presión que ejercía.
-¿Qué coño ha pasado?
La cara del niño se tiño de blanco muerto- ¡No me toques! ¡No!
Y empezó a correr, como si no pudiera pensar en el tiempo que le quedaría de carrera hasta el día que consiguiera superar ése trauma.
Y Violet advirtió la sangre que pintaba la casa de un granate oscuro.
Quería recordar… pero no tenía acceso a ésa memoria.

CANDENTE


Hacía días que la muchacha seguía sin saber nada sobre ella misma. Solo obedecía órdenes de un micro-chip insertado en una ranura externa que, según supuso, se encontraba 5 centímetros por encima de la grieta del hueso occipital.
#gire a la derecha; golpee la puerta; si no abren, derríbela#
Antes de preguntarse siquiera si era ella quien pensaba aquello, ya había derribado la puerta.
#busque al sujeto AF324C50; deténgalo; si opone resistencia, dáñelo; si aún herido opone más resistencia, termínelo#
Violet aún no sabía su nombre; ella se conocía como VK325.
Gritos invadían su cabeza: estaba descargando su fusil contra un hombre con una gran cicatriz en la cara, que invadía su ojo izquierdo desde la base de la mejilla, hasta la coronilla. Un niño menudo se arrimó a Violet con un cuchillo medio oxidad y mellado en la mano.
-No oponga resistencia; le llevaré ante Justicia.
Violet no le prestó mucha atención, no era su objetivo principal.
Y el niño se subió a la espalda de Violet, dando un certero golpe seco con la punta del cuchillo de óxido en el microchip. Y saltaron chispas; Y sangre: Violet perdió la consciencia, y acabó la munición ante el sujeto, que tiznó con sus entrañas el hogar. El niño cayó de culo al suelo; y la mujer, cayó golpeándose por encima de la nuca con el mango del desastroso cuchillo.
Y todo se volvió negro para ella.

martes, 27 de noviembre de 2012

ENCENDIENDO LA REUNIÓN


Allí estaba Luzbel, junto con Fauno, tostando el dulce, mientras esperaban a los demás.
Fauno miraba a Luzbel con fascinación y respeto; Le encantaba ver como cocía sus pasteles con conjuros de calor. Le brillaban los ojos, y lloró; hacía poco que pensaba que no volvería a verle.
Luzbel terminó el conjuro, bajó sus manos, que dejaron de irradiar energía, y adivinó el pensamiento de el niño;
-Fau, eh, ¿por que lloras?
-Es que… me hace tanta ilusión que seas tu otra vez.
-Venga va, ¿no podemos perdurar por siempre sabes? La vida es como un fuego… tarde o temprano se apaga, ¿sabes?
-Si, lo sé, pero… es que… ya sabes…- Fauno resbaló lagrimones por su mejilla sucia y abultada.
Luzbel le dio un suave beso en la frente- si, sé que me quieres muchísimo pequeñajo; eres una delicia.
El niño enrojeció, y se aferró con sus infantes brazos a Luzbel.

EL NEGRO MAR


Leviatán despertó bajo una nube de pensamientos. Aún recordaba por qué estaba aquí. No se refería a un “aquí” físico, en un punto cardinal, si no, a un “aquí” en verso a la relación que tenia con Eris. Él no soportaba a Luzbel, muchas veces se pasaba, y era demasiado activo. Aunque, en cierta forma, Eris lo creó él. Era la única agrupación rebelde de Hoy. A pesar que la Cúpula nos tenga por terroristas.
Venga, si solo hacemos lo que guardamos en nuestra naturaleza, qué más quieren?
Aún recuerdo mi estancia en X237, suburbios de la ciudad de arena. Vivía con mi abuelo, pescador, como su anterior abuelo, y este, a su vez, del anterior. Todos los días, íbamos al antiguo mar, antes limpio y rico; pero ahora, no es lo mismo que antes: todo estaba sucio, contaminado; ya no habían peces, como los conocían los antiguos; ahora eran criaturas monstruosas, mutaciones de las antiguos peces gracias a la toxicidad y la radiación del ambiente. Unos más grandes, otros más pequeños, pero todos con ansias de terminar con la vida: la propia, y la ajena.
Y ahí estábamos nosotros dos: un hombre anciano de unos setenta y cinco años, armado con arpones, baterías eléctricas y otros artefactos, y yo, con doce años, con un par de cuchillos en las manos, por si algún bicho pensaba entrometerse en nuestro pequeño navío.
Nosotros buscábamos las criaturas más pequeñas, las que podíamos cargar en nuestra cafetera.
Pero un día, al cazar uno, que pensábamos muerto, empezó a atacarnos por la espalda, mientras volvíamos a la orilla. Era una criatura negra, que desprendía mucosidad negra, como petróleo. Y este atrapó a mi abuelo, con su moco pegajoso y tóxico. Y entonces, yo fui hacia él, cuchillo en mano, a matarlo, abriéndome paso entre la gelatinosa materia que recorría su cuerpo. Y encontró lo que parecía ser su cabeza, e intentó cercenarla a machetazos; pero el cuchillo resbalaba, y no sabía que más hacer para acabar con el cazador de su abuelo. Pero a la criatura si que se le ocurrió.
Y con un latigazo mocoso, le expulsó del cachivache motorizado.
Y cayó en la oscura agua, alimentando su olvido, y entrando más en su mente.

PASTEL Y TÉ


Fauno, al escuchar que había vuelto Luzbel, y que iban a hacer una reunión, no se detuvo a pensar, y empezó a preparar un pastel. Se paró en una de las paredes de adobe, y puso la mano, de donde brotó una especie de trigo, el cual tenía el grano tan grueso como su puño: un puño de unos siete centímetros, perteneciente a un chavalín de quince años, que lucía los granitos típicos de la edad. Después de haber hecho lo mismo que el trigo con una fresa que lucía grande como su cabeza, hizo crecer unas judías y unas patatas, los cuales, metió en una desvencijada bolsa de tela.
Y Fauno, marchó hacia el sector C de Migraña 157, bajo un fino y bubónico manto que cubriría su identidad de curiosos desconocidos.
Una vez que llegó allí, penetró el umbral que separaba los suburbios de la metrópolis, con la tienda de canjes, donde rellenó la trastienda con las judías y patatas.
Saliendo de la tienda, palpó la bolsa, donde ahora reposaban un par de huevos y un botellín medio vacío de leche tibia.
Y Fauno sonrió, dando pequeños brincos al caminar y darse cuenta que comerían dulce hoy.

domingo, 18 de noviembre de 2012

LIBERTAD


Christopher observó el nuevo mundo, que le deparaba: ya no había vuelta atrás, tenía una vida que recorrer. Y sabía qué hacer. No podía ser que no existiera, puesto que lo estaba haciendo, si no recuerda mal, de toda su vida. Estaba harto, de que quisieran encerrarle en una mente atormentada.
Además, quería saber quién era la muchacha que salía en su memoria… que no recordaba. Tenía que buscar; y buscaría, en todos los rincones que encontrara.
Pero antes, tenía que saber donde estaba.
Ya hacia unas horas que se alejó de la negra y sucia casucha de adobe. No sabía cómo alguien podía vivir allí, era algo… repugnante, cuanto menos.
Bien, pero volviendo al lugar donde se encontraba, tenía que saber dónde ir… aunque no supiera donde estaba nada, ni nadie: se encontraba en medio de un terreno arenoso, entre grava, arena y lodo, donde habían manchas de ese compuesto, que estaba más seco. También había lo que parecían espinas de un material duro, negro, que en un momento goteó, pero ahora, esas lagrimas eran solidas.
Si Christopher hubiera conocido más el mundo, se habría dado cuenta de que, esas espinas eran de acero. Acero que sostenía la antigua capital, Zeelion. Pero Christopher, era prácticamente un recién nacido, desentrañado de la memoria de Luzbel, y la imaginación de Morgana. Un pequeño juego que acabaría con el humor de Luzbel, y con su paciencia.
Y justo, cuando Christopher se cortó con una rebaba del metal, forjado con dolor y destrucción, bajó una pequeña nave, que portaba diversas unidades de roñosos y chispeantes drones de reconocimiento y destrucción.
Christopher, asustado, y con un dedo rasgado, se intentó esconder en la viga de crueles formas que le hizo sangrar. Estaba sudando de nervio, y de angustia. Cada dron, hacía su respectivo ruido: una especie de mezcla de ruidos entre cien cafeteras saltarinas, la soldadura de cincuenta electrodos y los engranajes de un antiguo y oxidado reloj suizo de catedral, que se limitaba a no querer despedirse de ese mundo, aunque eso significara dar la hora incorrecta. Unos sonaban más a cafeteras, otros, más a electrodos, y otros, estaban para desguazar.
-Clink plonk rrrt rrrt prrop blof blof- estruendó un dron.
-Plonk rrrt prr prop- escandalizó otro.
Christopher ya no estaba sudando de angustia; por lo menos, no tanto. Ahora, le corroía un intenso comezón producido por la curiosidad de saber qué narices era eso. Eran cosas. Cosas que no sabían que eran. Y eran ruidosamente perfectas para él, gracias a la incomprensión que él tenía sobre mecánica y robótica, y, también, protagonizada por el desazón de ingenio y la desidia que invadió al creador de las limitadas criaturas metálicas. Christopher, quiso acercarse más a aquellas cosas, las cuales, no podía saber que eran, puesto que no tenía a nadie para preguntar “Que es eso?”.
Y sus ojos brillaron, como los de un bebé que observa un juguete nuevo.
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