Christopher observó el nuevo mundo, que le deparaba: ya no
había vuelta atrás, tenía una vida que recorrer. Y sabía qué hacer. No podía
ser que no existiera, puesto que lo estaba haciendo, si no recuerda mal, de
toda su vida. Estaba harto, de que quisieran encerrarle en una mente
atormentada.
Además, quería saber quién era la muchacha que salía en su
memoria… que no recordaba. Tenía que buscar; y buscaría, en todos los rincones que
encontrara.
Pero antes, tenía que saber donde estaba.
Ya hacia unas horas que se alejó de la negra y sucia casucha
de adobe. No sabía cómo alguien podía vivir allí, era algo… repugnante, cuanto
menos.
Bien, pero volviendo al lugar donde se encontraba, tenía que
saber dónde ir… aunque no supiera donde estaba nada, ni nadie: se encontraba en
medio de un terreno arenoso, entre grava, arena y lodo, donde habían manchas de
ese compuesto, que estaba más seco. También había lo que parecían espinas de un
material duro, negro, que en un momento goteó, pero ahora, esas lagrimas eran
solidas.
Si Christopher hubiera conocido más el mundo, se habría dado
cuenta de que, esas espinas eran de acero. Acero que sostenía la antigua
capital, Zeelion. Pero Christopher, era prácticamente un recién nacido,
desentrañado de la memoria de Luzbel, y la imaginación de Morgana. Un pequeño
juego que acabaría con el humor de Luzbel, y con su paciencia.
Y justo, cuando Christopher se cortó con una rebaba del
metal, forjado con dolor y destrucción, bajó una pequeña nave, que portaba
diversas unidades de roñosos y chispeantes drones de reconocimiento y
destrucción.
Christopher, asustado, y con un dedo rasgado, se intentó
esconder en la viga de crueles formas que le hizo sangrar. Estaba sudando de
nervio, y de angustia. Cada dron, hacía su respectivo ruido: una especie de
mezcla de ruidos entre cien cafeteras saltarinas, la soldadura de cincuenta
electrodos y los engranajes de un antiguo y oxidado reloj suizo de catedral,
que se limitaba a no querer despedirse de ese mundo, aunque eso significara dar
la hora incorrecta. Unos sonaban más a cafeteras, otros, más a electrodos, y
otros, estaban para desguazar.
-Clink plonk rrrt rrrt
prrop blof blof- estruendó un dron.
-Plonk rrrt prr prop- escandalizó otro.
Christopher ya no estaba sudando de angustia; por lo menos,
no tanto. Ahora, le corroía un intenso comezón producido por la curiosidad de
saber qué narices era eso. Eran cosas. Cosas que no sabían que eran. Y eran
ruidosamente perfectas para él, gracias a la incomprensión que él tenía sobre
mecánica y robótica, y, también, protagonizada por el desazón de ingenio y la
desidia que invadió al creador de las limitadas criaturas metálicas.
Christopher, quiso acercarse más a aquellas cosas, las cuales, no podía saber
que eran, puesto que no tenía a nadie para preguntar “Que es eso?”.
Y sus ojos brillaron, como los de un bebé que observa un
juguete nuevo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario