Fauno, al escuchar que había vuelto Luzbel, y que iban a
hacer una reunión, no se detuvo a pensar, y empezó a preparar un pastel. Se
paró en una de las paredes de adobe, y puso la mano, de donde brotó una especie
de trigo, el cual tenía el grano tan grueso como su puño: un puño de unos siete
centímetros, perteneciente a un chavalín de quince años, que lucía los granitos
típicos de la edad. Después de haber hecho lo mismo que el trigo con una fresa
que lucía grande como su cabeza, hizo crecer unas judías y unas patatas, los
cuales, metió en una desvencijada bolsa de tela.
Y Fauno, marchó hacia el sector C de Migraña 157, bajo un
fino y bubónico manto que cubriría su identidad de curiosos desconocidos.
Una vez que llegó allí, penetró el umbral que separaba los
suburbios de la metrópolis, con la tienda de canjes, donde rellenó la
trastienda con las judías y patatas.
Saliendo de la tienda, palpó la bolsa, donde ahora reposaban
un par de huevos y un botellín medio vacío de leche tibia.
Y Fauno sonrió, dando pequeños brincos al caminar y darse
cuenta que comerían dulce hoy.
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