martes, 27 de noviembre de 2012

ENCENDIENDO LA REUNIÓN


Allí estaba Luzbel, junto con Fauno, tostando el dulce, mientras esperaban a los demás.
Fauno miraba a Luzbel con fascinación y respeto; Le encantaba ver como cocía sus pasteles con conjuros de calor. Le brillaban los ojos, y lloró; hacía poco que pensaba que no volvería a verle.
Luzbel terminó el conjuro, bajó sus manos, que dejaron de irradiar energía, y adivinó el pensamiento de el niño;
-Fau, eh, ¿por que lloras?
-Es que… me hace tanta ilusión que seas tu otra vez.
-Venga va, ¿no podemos perdurar por siempre sabes? La vida es como un fuego… tarde o temprano se apaga, ¿sabes?
-Si, lo sé, pero… es que… ya sabes…- Fauno resbaló lagrimones por su mejilla sucia y abultada.
Luzbel le dio un suave beso en la frente- si, sé que me quieres muchísimo pequeñajo; eres una delicia.
El niño enrojeció, y se aferró con sus infantes brazos a Luzbel.

EL NEGRO MAR


Leviatán despertó bajo una nube de pensamientos. Aún recordaba por qué estaba aquí. No se refería a un “aquí” físico, en un punto cardinal, si no, a un “aquí” en verso a la relación que tenia con Eris. Él no soportaba a Luzbel, muchas veces se pasaba, y era demasiado activo. Aunque, en cierta forma, Eris lo creó él. Era la única agrupación rebelde de Hoy. A pesar que la Cúpula nos tenga por terroristas.
Venga, si solo hacemos lo que guardamos en nuestra naturaleza, qué más quieren?
Aún recuerdo mi estancia en X237, suburbios de la ciudad de arena. Vivía con mi abuelo, pescador, como su anterior abuelo, y este, a su vez, del anterior. Todos los días, íbamos al antiguo mar, antes limpio y rico; pero ahora, no es lo mismo que antes: todo estaba sucio, contaminado; ya no habían peces, como los conocían los antiguos; ahora eran criaturas monstruosas, mutaciones de las antiguos peces gracias a la toxicidad y la radiación del ambiente. Unos más grandes, otros más pequeños, pero todos con ansias de terminar con la vida: la propia, y la ajena.
Y ahí estábamos nosotros dos: un hombre anciano de unos setenta y cinco años, armado con arpones, baterías eléctricas y otros artefactos, y yo, con doce años, con un par de cuchillos en las manos, por si algún bicho pensaba entrometerse en nuestro pequeño navío.
Nosotros buscábamos las criaturas más pequeñas, las que podíamos cargar en nuestra cafetera.
Pero un día, al cazar uno, que pensábamos muerto, empezó a atacarnos por la espalda, mientras volvíamos a la orilla. Era una criatura negra, que desprendía mucosidad negra, como petróleo. Y este atrapó a mi abuelo, con su moco pegajoso y tóxico. Y entonces, yo fui hacia él, cuchillo en mano, a matarlo, abriéndome paso entre la gelatinosa materia que recorría su cuerpo. Y encontró lo que parecía ser su cabeza, e intentó cercenarla a machetazos; pero el cuchillo resbalaba, y no sabía que más hacer para acabar con el cazador de su abuelo. Pero a la criatura si que se le ocurrió.
Y con un latigazo mocoso, le expulsó del cachivache motorizado.
Y cayó en la oscura agua, alimentando su olvido, y entrando más en su mente.

PASTEL Y TÉ


Fauno, al escuchar que había vuelto Luzbel, y que iban a hacer una reunión, no se detuvo a pensar, y empezó a preparar un pastel. Se paró en una de las paredes de adobe, y puso la mano, de donde brotó una especie de trigo, el cual tenía el grano tan grueso como su puño: un puño de unos siete centímetros, perteneciente a un chavalín de quince años, que lucía los granitos típicos de la edad. Después de haber hecho lo mismo que el trigo con una fresa que lucía grande como su cabeza, hizo crecer unas judías y unas patatas, los cuales, metió en una desvencijada bolsa de tela.
Y Fauno, marchó hacia el sector C de Migraña 157, bajo un fino y bubónico manto que cubriría su identidad de curiosos desconocidos.
Una vez que llegó allí, penetró el umbral que separaba los suburbios de la metrópolis, con la tienda de canjes, donde rellenó la trastienda con las judías y patatas.
Saliendo de la tienda, palpó la bolsa, donde ahora reposaban un par de huevos y un botellín medio vacío de leche tibia.
Y Fauno sonrió, dando pequeños brincos al caminar y darse cuenta que comerían dulce hoy.

domingo, 18 de noviembre de 2012

LIBERTAD


Christopher observó el nuevo mundo, que le deparaba: ya no había vuelta atrás, tenía una vida que recorrer. Y sabía qué hacer. No podía ser que no existiera, puesto que lo estaba haciendo, si no recuerda mal, de toda su vida. Estaba harto, de que quisieran encerrarle en una mente atormentada.
Además, quería saber quién era la muchacha que salía en su memoria… que no recordaba. Tenía que buscar; y buscaría, en todos los rincones que encontrara.
Pero antes, tenía que saber donde estaba.
Ya hacia unas horas que se alejó de la negra y sucia casucha de adobe. No sabía cómo alguien podía vivir allí, era algo… repugnante, cuanto menos.
Bien, pero volviendo al lugar donde se encontraba, tenía que saber dónde ir… aunque no supiera donde estaba nada, ni nadie: se encontraba en medio de un terreno arenoso, entre grava, arena y lodo, donde habían manchas de ese compuesto, que estaba más seco. También había lo que parecían espinas de un material duro, negro, que en un momento goteó, pero ahora, esas lagrimas eran solidas.
Si Christopher hubiera conocido más el mundo, se habría dado cuenta de que, esas espinas eran de acero. Acero que sostenía la antigua capital, Zeelion. Pero Christopher, era prácticamente un recién nacido, desentrañado de la memoria de Luzbel, y la imaginación de Morgana. Un pequeño juego que acabaría con el humor de Luzbel, y con su paciencia.
Y justo, cuando Christopher se cortó con una rebaba del metal, forjado con dolor y destrucción, bajó una pequeña nave, que portaba diversas unidades de roñosos y chispeantes drones de reconocimiento y destrucción.
Christopher, asustado, y con un dedo rasgado, se intentó esconder en la viga de crueles formas que le hizo sangrar. Estaba sudando de nervio, y de angustia. Cada dron, hacía su respectivo ruido: una especie de mezcla de ruidos entre cien cafeteras saltarinas, la soldadura de cincuenta electrodos y los engranajes de un antiguo y oxidado reloj suizo de catedral, que se limitaba a no querer despedirse de ese mundo, aunque eso significara dar la hora incorrecta. Unos sonaban más a cafeteras, otros, más a electrodos, y otros, estaban para desguazar.
-Clink plonk rrrt rrrt prrop blof blof- estruendó un dron.
-Plonk rrrt prr prop- escandalizó otro.
Christopher ya no estaba sudando de angustia; por lo menos, no tanto. Ahora, le corroía un intenso comezón producido por la curiosidad de saber qué narices era eso. Eran cosas. Cosas que no sabían que eran. Y eran ruidosamente perfectas para él, gracias a la incomprensión que él tenía sobre mecánica y robótica, y, también, protagonizada por el desazón de ingenio y la desidia que invadió al creador de las limitadas criaturas metálicas. Christopher, quiso acercarse más a aquellas cosas, las cuales, no podía saber que eran, puesto que no tenía a nadie para preguntar “Que es eso?”.
Y sus ojos brillaron, como los de un bebé que observa un juguete nuevo.

NACIÓ EN LA TIERRA


Hurón, le llamaban. Hurón, se hacía llamar. Hurón, le buscaban. Hurón, él era. Solo a veces, solo entonces, recordaba sus días tranquilos y solitarios en la estepa yerma donde nació, cubierta de salazón en un pasado, como castigo de guerra.
Tal y como hacían los antiguos Romanos, a sus enemigos. Algo cruel, para toda la humanidad.
Él tenía cinco años, cuando descubrió que tenía poder. Y no poder, como podría tenerlo un dirigente político, o un agente de los suburbios, si no, uno más especial, más único.
Algo mucho más… íntimo, a la par que funcional.
Entonces, se pasaba el día en el barro, con sus pies desnudos. Hacía pequeñas criaturas de barro: un conejo con las orejas gachas, una más grande que la otra;  una tortuga, con un caparazón que tenía una talla más pequeña que su cuerpo; y un hurón, que tenía unas poderosas y mullidas patitas, unos colmillos feroces y un cuerpo menudo.
Pero solo eran figuras de barro, que movía a su antojo. Eran demasiado… sencillos, sin demasiada vida, puesto que carecían de voluntad.
Entonces, atraído por el conejo de barro, un pequeño y flacucho hurón, esta vez de carne, danzó hacia el pequeño roedor de barro, y, en cuanto había danzado suficiente, clavó brutalmente sus marfilados colmillos hacia la criatura de lodo.
Y al pequeño mustélido, no le hizo demasiada gracia, que su comida fuera barro, y reculó de forma grotesca, tropezando con los restos de la pequeña figura.
Y el pequeño Hurón, se sorprendió de la criatura que acababa de presenciar: era puro nervio, pura agilidad, pura torpeza, puro engaño, pero, no obstante, pura inocencia.

IGNORANDO


-¿Hey, ha pasado algo?- Dijo Morgana.
-¿No tienes ni zorra de lo que haces con tus conjuros, verdad?
-Pero que cojones dices… Anda, descansa un rato, debes estar agotado.
Luzbel la observó desde sus ojos engastados en ojeras malvas- Has dejado fisuras en mi mente, y Christopher ha huido…
-Que dices, si eso no puede ser, Luzy.
-Eso digo, que no tienes ni idea.
Morgana se desperezó, y se levantó del suelo, observando el reguero de saliva que dejó al dormir. La muchacha aún no estaba demasiado lúcida.
-Bueno, dejando todo esto aparte- dijo Luzbel, arrojando una cansada mirada a las cenizas de lo que fue la silla- ¿donde están los demás?
-Nos habían dejado solos, para que te pudiera hacer la regresión con tranquilidad.
-Pues es hora de reunirnos. Tenemos que seguir con nuestro plan… ahora que he vuelto.
-Tienes razón… pero tienes que descansar…
Luzbel se acercó a la hoguera, y, con las manos en forma de cuenco,  empezó a beber del líquido que brindaba la pira. Era un líquido rojizo, como el acero al rojo cereza.
-No tenemos tiempo para descansar, tenemos que planearlo todo bien. Y tengo que recuperar a Christopher.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

LUZBEL


Después de estar toda la noche dejando que hurgaran su mente, Luzbel recobró el sentido, volviendo a la vida desde su sueño. La sala estaba casi como la recordaba: mugrienta, desordenada, con un fuego bien vivo en la chimenea, y un par de lamparones en las ranciadas paredes. Morgana dormía con la boca abierta al lado del fuego, dejando que hilillos de saliva cayeran por su aplastada mejilla, haciendo un pequeño charquillo.
Aún estaba algo confuso… llevaba muchos días sin estar al “mando”… y era como si le hubieran arrancado algo…
Algo que estaba sentado en la silla más alejada.
-No lo ha conseguido… y voy a vivir por mi cuenta, Luzbel.
-Qué coño… ¿qué haces fuera de mí?
-Ah, muy sencillo… aproveché a que tu amiga se durmiera y… bueno… ella hurgó demasiado en tu mente, así que esta, contiene algunas fisuras.
Luzbel se levantó, y miró de forma amenazadora a Christopher.
-Tu sitio está dentro de mis recuerdos… aún no me explico cómo puedes mantener forma corpórea…
-Gracias a tu energía, Luzbel, gracias a que conservo la energía de lo que fuiste, es decir, de lo que soy… y es mío.
-No es tuyo, es nuestro, y si no vuelves…
-¡No pienso volver, estúpido! Soy yo, no tú, y ahora, ¡creo que deberías volver a dormir!
Christopher le lanzó la silla a Luzbel, mientras Luzbel conjuraba una lengua de fuego para reducir la silla a cenizas.
Pero Christopher se había esfumado… Era una veloz nube de hollín y de cenizas que escapaba por la pared… como un ser etéreo.
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