Hurón, le llamaban. Hurón, se hacía llamar. Hurón, le
buscaban. Hurón, él era. Solo a veces, solo entonces, recordaba sus días
tranquilos y solitarios en la estepa yerma donde nació, cubierta de salazón en
un pasado, como castigo de guerra.
Tal y como hacían los antiguos Romanos, a sus enemigos. Algo
cruel, para toda la humanidad.
Él tenía cinco años, cuando descubrió que tenía poder. Y no
poder, como podría tenerlo un dirigente político, o un agente de los suburbios,
si no, uno más especial, más único.
Algo mucho más… íntimo, a la par que funcional.
Entonces, se pasaba el día en el barro, con sus pies
desnudos. Hacía pequeñas criaturas de barro: un conejo con las orejas gachas,
una más grande que la otra; una tortuga,
con un caparazón que tenía una talla más pequeña que su cuerpo; y un hurón, que
tenía unas poderosas y mullidas patitas, unos colmillos feroces y un cuerpo menudo.
Pero solo eran figuras de barro, que movía a su antojo. Eran
demasiado… sencillos, sin demasiada vida, puesto que carecían de voluntad.
Entonces, atraído por el conejo de barro, un pequeño y
flacucho hurón, esta vez de carne, danzó hacia el pequeño roedor de barro, y,
en cuanto había danzado suficiente, clavó brutalmente sus marfilados colmillos
hacia la criatura de lodo.
Y al pequeño mustélido, no le hizo demasiada gracia, que su
comida fuera barro, y reculó de forma grotesca, tropezando con los restos de la
pequeña figura.
Y el pequeño Hurón, se sorprendió de la criatura que acababa
de presenciar: era puro nervio, pura agilidad, pura torpeza, puro engaño, pero,
no obstante, pura inocencia.
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