domingo, 18 de noviembre de 2012

NACIÓ EN LA TIERRA


Hurón, le llamaban. Hurón, se hacía llamar. Hurón, le buscaban. Hurón, él era. Solo a veces, solo entonces, recordaba sus días tranquilos y solitarios en la estepa yerma donde nació, cubierta de salazón en un pasado, como castigo de guerra.
Tal y como hacían los antiguos Romanos, a sus enemigos. Algo cruel, para toda la humanidad.
Él tenía cinco años, cuando descubrió que tenía poder. Y no poder, como podría tenerlo un dirigente político, o un agente de los suburbios, si no, uno más especial, más único.
Algo mucho más… íntimo, a la par que funcional.
Entonces, se pasaba el día en el barro, con sus pies desnudos. Hacía pequeñas criaturas de barro: un conejo con las orejas gachas, una más grande que la otra;  una tortuga, con un caparazón que tenía una talla más pequeña que su cuerpo; y un hurón, que tenía unas poderosas y mullidas patitas, unos colmillos feroces y un cuerpo menudo.
Pero solo eran figuras de barro, que movía a su antojo. Eran demasiado… sencillos, sin demasiada vida, puesto que carecían de voluntad.
Entonces, atraído por el conejo de barro, un pequeño y flacucho hurón, esta vez de carne, danzó hacia el pequeño roedor de barro, y, en cuanto había danzado suficiente, clavó brutalmente sus marfilados colmillos hacia la criatura de lodo.
Y al pequeño mustélido, no le hizo demasiada gracia, que su comida fuera barro, y reculó de forma grotesca, tropezando con los restos de la pequeña figura.
Y el pequeño Hurón, se sorprendió de la criatura que acababa de presenciar: era puro nervio, pura agilidad, pura torpeza, puro engaño, pero, no obstante, pura inocencia.

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