Y, otra vez, Christopher despertó. Pero sin las marcas del
mal en su cuerpo. Sin retorcidos cuernos para desgarrar vida. Solo, embutido en
una manta, con carne humana formando su cuerpo. Más tarde vio a Hurón en su
cesto.
De nuevo se calmó. Estaba amaneciendo. Vio como la muchacha,
estaba en la mesa de la habitación.
Entonces, Christopher se paró a observar el habitáculo. Era
una habitación pequeña, con las paredes pintadas de negro, y muchos símbolos en
blanco pintados sobre ella. También habían enganchados muchísimos papeles
alargados con inscripciones en antiguos códigos.
Algo que le extrañó, fue que la chimenea aún siguiera con
las mismas brasas que antes.
Aunque ahora brillaban algo más.
La forma de la habitación parecía ser hexagonal. En el
centro, una mesa cuadrada, muy vulgar, de madera de pino, reposaba para
sostener los brazos que trazaban sin fin de palabras de la chica.
-¿Que estás haciendo?- Preguntó Christopher.
-Tú qué crees, ¿eh?
-Pues… no lo sé.
-Entonces, si no entiendes lo que hago, ¿por qué me
preguntas?
-Pues… porque me intereso en ello…
-Venga va, sal un rato afuera, que te dé el aire.
-¿Pero no que hoy iba a tener todas mis respuestas?
-En serio, siempre tan precoz. Anda, hazme caso, que esto
tiene para un rato.
No hay comentarios:
Publicar un comentario