Era una tarde lluviosa de octubre, y Christopher, de 11
años, no podía seguir escondiéndose en el pequeño armario de la limpieza. Tenía
que salir, dentro de poco llegaría la dueña de la casa y le denunciaría.
Siempre era así… desde hacia un par de meses. Dormía en
contenedores de basura, no mucho mas de 2 horas seguidas; comía lo que
encontraba, hasta que se hartaba de trozos de bazofia… y entraba en casas del
suburbio marginal del sector donde se encontraba. Hacia fundir las cerraduras,
abría las puertas, y robaba la poca comida que residía en los antiguos y
oxidados frigoríficos de cada ruinosa casa.
Pero entró en mal momento… La casa estaba habitada.
Intentó salir corriendo del armarito, como una bala encendida,
pero alguien puso un montón de objetos parecidos a canicas en el suelo… y cayó.
Se dio tal golpe en la cabeza, que perdió el conocimiento. Extrañamente, el
recuerdo del golpe no era doloroso.
Al instante de caer, Christopher abrió los ojos, y se encontró
en el dormitorio de la casa.
Y una presencia estaba a su izquierda…
Una niña de ojos claros, como la nieve, le observaba desde
la puerta:
-No te asustes, soy yo…- susurró la niña.
-¡Retén los recuerdos, Luzbel!- Gritó la niña, con una voz
diferente.
-No te voy a hacer daño…
-¡No!
-Te he visto… en mi mente.
-¡Luzbel! ¡Resiste! Casi esta… mos.. ter…
-Huye.
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