Despierta.
De nuevo despierta, Christopher, en la habitación de sus
sueños.
Él vuelve a levantarse de su pequeño trono, metalizado en
bronce oxidado. Observa el papel pintado del habitáculo: roto y desgarrado por
todas partes, antes lucía motivos florales en tonos rojos, sobre un fondo negro
grisáceo.
Y tras la moqueta, manchada de sangre, se esconde el portón,
también de bronce. Éste está recubierto de símbolos: unos de cruel significado,
otros de justicia sin perdón, otros, simplemente, bailan al son de una mente
adormecida.
Y Christopher, vuelve a romper la entrada, para rasgar el
aire del espacio que le precede con su propio cuerpo.
Y de nuevo, las escaleras que suceden el roto pórtico que
redujo a llamaradas. Cada peldaño, se hace más pesado. Y observa como su cuerpo
se quema, al paso que se tropieza, a la vez que se transforma en algo
indeseable.
Una fuerza desproporcionada surge de la transformación que
sufre, desestabilizando su escalera, haciéndola temblar. Y entonces, ya no és
Christopher, él es una criatura enroscada en ponzoña, mugre y maldad. Y cae en
un abismo de roca y vida.
Y observa, como los habitantes del lugar donde cayó, no
notan su presencia, si no, que siguen con naturalidad sus quehaceres mundanos.
Unos ejerciendo la jardinería, otros fregando el suelo,
otros cocinando.
Y el Christopher perturbado, empieza a crear el mal en los
corazones de esas criaturas.
Y todos mueren. No al paso de una hoja cortante, o de un
golpe de roca. Ni brotó la sangre entre los habitantes de ese lugar. Solo se
hirieron en mente, en corazón.
Y solo quedó él, de nuevo.
Solo, ante un pasto de muerte.
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