sábado, 3 de noviembre de 2012

MUERTE TRAS LA RAZÓN

Despierta.
De nuevo despierta, Christopher, en la habitación de sus sueños.
Él vuelve a levantarse de su pequeño trono, metalizado en bronce oxidado. Observa el papel pintado del habitáculo: roto y desgarrado por todas partes, antes lucía motivos florales en tonos rojos, sobre un fondo negro grisáceo.
Y tras la moqueta, manchada de sangre, se esconde el portón, también de bronce. Éste está recubierto de símbolos: unos de cruel significado, otros de justicia sin perdón, otros, simplemente, bailan al son de una mente adormecida.
Y Christopher, vuelve a romper la entrada, para rasgar el aire del espacio que le precede con su propio cuerpo.
Y de nuevo, las escaleras que suceden el roto pórtico que redujo a llamaradas. Cada peldaño, se hace más pesado. Y observa como su cuerpo se quema, al paso que se tropieza, a la vez que se transforma en algo indeseable.
Una fuerza desproporcionada surge de la transformación que sufre, desestabilizando su escalera, haciéndola temblar. Y entonces, ya no és Christopher, él es una criatura enroscada en ponzoña, mugre y maldad. Y cae en un abismo de roca y vida.
Y observa, como los habitantes del lugar donde cayó, no notan su presencia, si no, que siguen con naturalidad sus quehaceres mundanos.
Unos ejerciendo la jardinería, otros fregando el suelo, otros cocinando.
Y el Christopher perturbado, empieza a crear el mal en los corazones de esas criaturas.
Y todos mueren. No al paso de una hoja cortante, o de un golpe de roca. Ni brotó la sangre entre los habitantes de ese lugar. Solo se hirieron en mente, en corazón.
Y solo quedó él, de nuevo.
Solo, ante un pasto de muerte.

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